Filosofía de las apuestas
Junio 9, 2008
Hay diversos tipos de apostantes en las carreras de caballos: el más destetable de todos, el más aburrido, pero no el más infrecuente, es el que apuesta con el propósito de ganar dinero. Este tipo confunde las carreras con algo así como una lotería con bichos o un bingo galopante: lo único que le preocupa es que la inversión realizada produzca buenos beneficios con el máximo de seguridad. Suele tener su método de apostar, pero se parece más al calculo bursátil o a los sistemas de los jugadores de la ruleta que a nada específicamente relacionado con el deporte hípico. Siempre le encontraremos haciendo “combinaciones”. jugando para cubrirse, mezclando a todos los caballos de carrera de cien maneras diferentes, a la espera de que finalmente suene la flauta por casualidad, “cientifica” y toma esa fantástica gemela que pagarán 100 a 1. Como es de suponer, la carrera carece para él del más mínimo interés en si misma. Si el ganador de cada prueba se echase a suertes, su aprecio por este deporte artístico no variaría sustancialmente. A fin de cuenta, no tiene ojos más que para el panel donde aparecerán los números que determinan el orden definitivo de la llegada. Y por supuesto, para él no hay carrera “buena” más que aquella en la que puede ganarse mucho dinero o, aún mejor, en la que defectivamente gana, no monta estimable que la del jinete que le proporciona dividendos. Suele estar dispuesto a olfatear tongos y cambalaches en cuanto pierde en tres carreras seguidas, lo que indica que no sería totalmente incapaz de hacerlos o justificarlos si le fueran por una vez beneficiosos.
Otro tipo de apostante más digno de aprecio es el sabio. Este no juega principalmente para ganar dinero, sino para demostrar paladinamente que tiene razón en sus conjeturas hípicas. Compra boletos porque ésa es la única forma de probar después de la carrera que uno sabía quién iba a ganar. El sabio siempre sabe lo que tiene que ocurrir: para él, el vaticinio de las carreras de caballos es una ciencia exacta de la que el azar está desterrado como un innoble subterfugio y configura una rama zoomórfica de la matemática pura o de la lógica.
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