El Jugador. Dostoyevski
Julio 14, 2008
Dostoyevski narra en su novela ‘El Jugador’ - breve, directa, impactante y de una densidad deliciosamente rusa - la ascensión y caída de un ludópata en una vívida primera persona. Se trata de un hombre que, en medio del glamour de los balnearios franceses del siglo XIX, recibe el encargo de apostar a la ruleta por la abuela de la familia para la cual trabaja como instructor. Más tarde, el tipo se deja sus propios cuartos en la mesa, para finalmente cerrar la espiral de autodestrucción obsesionándose con una hermosa señorita.
En el polo opuesto, Casino Royale (la de 2007), película en la que un encantador y rubio James Bond se harta a martinis, mujeres, coches y cosas caras en general mientras lucha contra los enemigos de la corona británica y, de paso, los despluma al póker de altos vuelos. A pesar de lo patillero y artificial de los cerocerosietes del siglo XXI (de los cuales, por otra parte, soy fan acérrimo), uno sale del cine con las manos rogando una baraja y el tacto de unas fichas y un tapetín.
Las dos estampas están presentes en la cabeza cuando entramos en el Casino: Dostoyevksi contra James. Efectivamente, el ruso gana la partida. Alegres gijoneses piden suerte a las crupieres porque «ahí van mis vacaciones», mientras que tres chinos apuestan en todas las ruletas al mismo tiempo y un hombre con dos o seis copas de más, luciendo camiseta del Sporting, vomita fichas de 25 euros encima del tapete.
Pero en el fondo este lugar es divertido, tiene su encanto. «Venga, pon 10 euros al rojo», dice uno. Ganamos. Alegría, felicidad, tenemos 20 euros. «Ahora 10 al negro y 10 a los doce primeros números», dice otro. Perdemos y marchamos. El hombre a nuestro lado, por su parte, saca otros 50 euros de la cartera.
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